
En este país se respira, se come y se duerme fútbol. Es difícil de explicar para quienes no lo sienten o no lo viven así, pero el fútbol levanta pasiones, es una de las demostraciones culturales más fuertes a nivel colectivo, con todo lo bueno y lo malo que eso tiene.
En Argentina pasa lo mismo, avivado por la mayor cantidad de población y la influencia italiana que es más fuerte que acá.


Argentinos y uruguayos nos vemos como hermanos, o tal vez como medio-hermanos, y como tales nos amamos y odiamos a partes iguales.
Si seremos hermanos que las camisetas y por extensión las selecciones reciben los apodos de "La Celeste" y "La Albiceleste"
Dentro de esa hermandad, sabemos compartir el asado, el mate, las tortas fritas, incluso el dulce de leche y las empanadas, el tango, la milonga y hasta los artistas de una y otra orilla, pero si juegan nuestras selecciones, si juegan Nacional y Boca o Peñarol y River, o si alguien dice la frase “Gardel es nuestro”, ahí se terminan las concesiones y nace el odio más profundo, capaz de llevarnos a enfrentamientos que en cualquier situación categorizaríamos como vergonzosos pero que en esas circunstancias nadie cuestiona.

El partido de Fútbol
Argentina – Uruguay / Uruguay – Argentina es uno de los clásicos más viejos del mundo, sólo aventajados por Inglaterra – Escocia, nos hemos ganado uno a otro cientos de veces y otras tantas hemos declarado tablas, hoy jugamos de nuevo. Ambas selecciones necesitan ganar, las dos necesitan confirmar que siguen siendo las grandes potencias del fútbol que siempre han sido.
Hoy, y por unos días, volvemos a odiarnos, nosotros decimos que son agrandados, ellos dicen que somos patoteros, lo cierto es que uno de los dos va a festejar y el otro puede terminar llorando con rabia contenida, o con apenas la esperanza de ir al repechaje, y en unos meses cuando las pasiones se enfríen volveremos a compartir un mate como hermanos reconciliados luego de una pelea.
HOY JUEGAN, Y DOS PAÍSES ENTEROS SE PARALIZAN.